La corrupción tiene muchas caras y formas, pero en todas las instancias los efectos son los mismos: la debilitación de las bases políticas, económicas y sociales sobre las que se basan las naciones.
En términos políticos, los procesos democráticos se subvierten, la responsabilidad de rendir cuentas se reduce y se disminuye la provisión de servicios.
En términos económicos, la corrupción distorsiona e infla el costo de hacer negocios en el sector privado, mientras que en el sector público actúa como una fuerza de atracción para canalizar las inversiones hacia proyectos con un mayor potencial de crear sobornos y cobro de comisiones.
Las sociedades se debilitan seriamente en la medida que la corrupción debilita los derechos de los trabajadores, poniendo en peligro las ventajas económicas de los mercados internacionales a través de ganancias ilegítimas.